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De la Pragmática

by Omar Fuentes

Éste es un fragmento del segundo módulo de mi seminario a distancia “Razonamiento y Argumentación: Piensa y Habla Mejor”. En él exploro un tema un poco más académico que de costumbre: la Pragmática.

Se trata de una dimensión lingüística sumamente interesante y, sobre todo, relevante para comprender con plenitud el funcionamiento del lenguaje; como siempre digo, este tipo de conocimiento es esencial para diseñar mensajes con una mayor efectividad.

Regálame 20 minutos. Te aseguro que, a pesar de que es un tópico normalmente reservado para los estudiosos de la Lingüística, es imprescindible para tu desempeño como comunicador -además de que quizás lo encuentres atractivo y entretenido.

Si quieres ver otro fragmento del mismo curso:
- Introducción

¡Disfruta!

Saludos,
Omar.

Reseña

Al reflexionar acerca de la vida vivida, hay quienes apoteósicamente concluyen algo como lo que sigue (maestro, fanfarrias; narrador, voz de gurú del barrio): “Si tuviera la oportunidad de volver a vivir mi vida, lo haría todo de nuevo: tomaría las mismas decisiones y lo haría todo de la misma manera-anera-nera-era”. Lo dicen casi cabalgando un corcel blanco, a la orilla del mar, con el cabello suelto… y en cámara lenta.

Quiero pensar que aquéllos que así responden y que disfrutan razonando de esta manera lo que en realidad quieren comunicar es que no tienen arrepentimientos, que ha sido una buena vida la suya, que pueden presumir sus logros y satisfacciones… porque, de otra manera, es un completo desperdicio, ¿no?

Si de verdad tuviéramos la oportunidad de volver a vivir la vida -esta vida y no la de una vaca, por ejemplo- sería una especie de milagro. Repetirlo todo, desde el principio, no sólo exigiría una muy impresionante memoria para lograrlo -vaya, yo ni siquiera me acuerdo qué diablos desayuné hoy, por Dios; ¿cómo podría pretender siquiera repetir cada una de mis decisiones a lo largo de toda mi vida?- decía, no sólo requeriría de una memoria cuasi fotográfica sino que me sugiere algo aburrido, desperdiciado y malagradecido, por decir lo menos.

Probablemente esto es lo que Norma, la protagonista de “La vida que se va”, también supone. Conocer a Mendieta, periodista con aires de escritor, representó el chance de tomar la máquina del tiempo mental y tomar decisiones diferentes y vivir destinos distintos aprovechando esta naturaleza desencadenante de las elecciones.

Suma a la ecuación la narrativa hipnótica de Vicente Leñero -que, exprimiendo la analogía harto empleada del ajedrez como ese universo en el que podemos ver reflejada la complejidad de una vida con sus reglas y sus límites, con la posibilidad de equivocarnos y perder una partida o acertar y ganarla- y su conveniente obsesión para construir a sus personajes y resulta una historia que cautiva precisamente porque llega un momento en el que caemos en la trampa y ya no sabemos cuál es la verdad: cuáles fueron las decisiones que Norma “realmente” tomó en su vida y los acontecimientos que “realmente” ocurrieron.

La confusión aumenta, para nosotros como lectores y para Mendieta como escribano, cuando vamos descubriendo los objetos que le dan sentido a todas las historias de Norma, por contradictorio que pudiera parecer: porque ahí está el piano y también está el tablero de ajedrez, están las fotografías y las pinturas, hasta aparecen algunas personas que dan fe, al menos parcialmente, de lo que Norma relató, lo haya inventado, alucinado o vivido.

Claro que los más apretados van a querer gritar con coraje: “Pero, ¿cuál es la verdad? ¡Merezco saber la verdad!”

Leyendo “El ruido y la furia”, de Faulkner, divagué: ¿quién dijo que había que entenderlo? Curiosamente, Norma hace el mismo reclamo a Mendieta en varias ocasiones: “-Nada tienes que entender. No se trata de entender- me interrumpió la abuela; agitó su derecha para frenar de antemano cualquier intento de réplica.” Ahora, devorando “La vida que se va”, me pregunto: ¿quién dijo que había que conocer la verdad?

Después de todo y apelando a esa honestidad interna de la que no podemos escapar, ¿cuál es la verdad? No pretendo iniciar una discusión filosófica ni mucho menos… en realidad, estoy aludiendo a la mera y siempre reveladora experiencia.

Por ejemplo, ahora que a los casi 75 años de mi padre le pedí que escribiera sus memorias (que estratégicamente decidió titular “Memorias de un niño ranchero” y que, por obvia proyección, me motivó a volver a leer esta novela) encuentro algunos pasajes que no corresponden plenamente con lo que alguna vez él mismo me confesó. ¿Significa que está mintiendo? No lo creo. Concibo más probable el hecho de que su cerebro le esté jugando la misma pasada que nos juega a todos, tarde o temprano. ¿O seré yo el que recuerda algo que en realidad no ocurrió como lo recuerdo? Quién puede saberlo, ¿no?

Tampoco intento comenzar aquí una disertación neurológica, por supuesto. Cuando hablo de esta trampa que la mente nos juega me refiero a algo mucho más elemental. De hecho, estoy haciendo referencia a una idea que desde hace mucho me rimbomba en el cráneo, sobre todo con cada año que se va.

La palabra “acidia” se utilizaba para nombrar al pecado capital conocido como “pereza”; lo que pasa es que el concepto “pereza” no alcanza a cubrir las implicaciones del concepto “acidia”. Me explico brevemente:

Siendo muy burdo, la acidia es el pecado que cometemos al no aceptar y no cumplir con las obligaciones espirituales y divinas. Este reniego, dicen, provoca una vida sin sentido.

Con esta acepción en mente, en “La Divina Comedia”, Dante ubica a los que vivieron una vida sin sentido en la antesala del infierno, es decir, antes de cruzar el río Aquerón a bordo de la mítica lanchita tripulada por Caronte. O sea, según este italiano, los que cometen el pecado de la acidia no alcanzan ni a llegar a la entrada del antro de la perdición eterna; digamos, son unos pecadores mediocres.

Sin embargo, la versión que me gusta proviene de finales del siglo XX. Palabras más, palabras menos (y con la remembranza que mis neuronas me permiten), la acidia fue definida por los autores de la llamada psicología del “desarrollo del potencial humano” -específicamente Maslow, si no mal recuerdo- como el pecado que consiste en llegar al final de la vida y, en el lecho de muerte, mirar hacia atrás y percatarnos de que no hicimos con nuestra vida y por nuestra vida todo lo que pudimos realizar…

Así de tajante, así de absoluto… así de cabrón, pues: Llegar al final de la vida que se fue y darnos cuenta de que no hicimos con ella todo lo que hubimos podido realizar.

Si la veracidad acerca de nuestra vida yace en esa única secuencia muchas veces arbitraria de las innumerables decisiones que tomamos todos los días y que van provocando lo que llamamos “vida”, entonces no hay remedio. Estamos condenados a ese funesto desenlace (y, de perdida, a la antesala del infierno de Dante, claro está).

Sin embargo, bajo la luz que la noción de acidia nos ofrece, aquéllos que se regocijan al asegurar que volverían a vivir la misma vida -si tuvieran la oportunidad y el milagro ocurriera, por supuesto- se merecen un castigo más riguroso. Dante pensó que el peor pecado, el que ameritaba irse derechito y sin escalas al noveno y último círculo del infierno, es la traición. Hoy quiero pensar que no hacer de nuestra vida todo lo que podemos y queremos, es una manera de traicionarnos y garantizarnos un huequito en la cama de Lucifer, entre Judas y Bruto.

Para mí, tener ese inusitado privilegio de volver a vivir esta vida -ésta y no la de una vaca- es una ocasión singular de crear nuevos caminos y de repasar sus nodos y de reconocer a sus personajes y de recrear los espacios y de renovar sus tiempos; es un pretexto perfecto para reconstruir nuestra propia existencia y redefinirnos ante el mundo del que nos tocó formar parte.

Es una oportunidad para darle un nuevo significado a la vida que se va.

Si sólo por un momento desafiamos la validez de la veracidad como criterio para hacerlo, justo como lo hizo Norma, como lo está haciendo mi padre y como muy probablemente lo haremos todos al final de la vida, quizás aspiremos a algo más.

PD. En alguna de mis vidas deberé conocer a alguien tan culpable como Benito Palomera para poderlo describir tan deliciosamente como a “este rubio miserable, pedante genio del ajedrez, nauseabundo tipejo del aliento a frituras y ajo sazonado, repugnante lombriz de manos pálidas y uñas manicuradas, asqueroso desconocido, rata de sótanos, petimetre de mierda; por culpa de este cabrón hijo de la chingada mi padre había muerto.”

Ni Paquita, carajo.

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